Para una cartografía de la materia. La poesía de Annalisa Manstretta en español

Autore di Carmen Leonor Ferro

Carmen Leonor Ferro nació en Caracas. Es poeta y traductora. Sus libros principales son: El viaje (Premio Monte Ávila Editores, mención poesía, 2004), Acróbata (Raffaelli editore, 2011) y En subjuntivo (Raffaelli editore, 2016). Ha traducido en español a Ungaretti, Antonia Pozzi, Sandro Penna y Claudio Damiani. Realizó la selección y traducción de la antología de narradores italianos contemporáneos, Fronteras permeables (Bid&Co editor, 2013). Desde el 2004 vive en Roma donde se dedica a la divulgación y publicación de la obra de poetas hispanoamericanos  y a la enseñanza del español.

Hace falta que nos expliquen de nuevo el mundo porque lo hemos olvidado.

La idea de que una larga amnesia nos ocupa y de que solo repentinas iluminaciones nos permiten recordar lo que una vez sabíamos, ha sido uno de los temas predilectos de poetas y artistas de todas las épocas, pero quizás este presente que ha sobrevivido a la modernidad, a la indagación de la ciencia, a la eficacia de los telescopios, sea el de mayor ceguera que hayamos vivido, o el de mayor olvido.

Así que, ciegos, dependemos de la muleta de los que ven, de nuestros lazarillos, y gracias a sus indicaciones vamos tanteando el mundo tal como ellos lo adivinan y tal como el mundo se deja ver.

Son raros los momentos en los que asistimos a una manifestación de la realidad aunque parezca que estamos sumergidos en ella. Acostumbrados a la imagen, a la sobreexposición a la que nuestros ojos están permanentemente sometidos, solemos dar por sentado escenas, apariciones, milagros velados que se manifiestan en formas tan comunes como un trozo de pan sobre la mesa o un árbol desnudo.

La tarea de Annalisa Manstretta (Stradella, 1968) es precisamente la del Lazarillo que de la mano nos conduce a observar la realidad material, por ejemplo, una silla, la «perfecta inclinación del respaldo», la complicidad entre las líneas que se han citado para contener el objeto.

Mira la poltrona amarilla iluminada
es perfecta la inclinación del respaldo
se une al brazo y bajan
hasta el suelo los contornos de las cosas.
No se detienen antes, no van más allá.

Las líneas se citan, después se desplazan en grupos
Cada una interpreta a su modo, con su riesgo, el viaje.
La olla, la mesa, el jarrón
son formas del desparpajo

(Mira la poltrona amarilla iluminada, vv. 1-9);

o las casas viejas que a fuerza de existir ya no se ven, se han escapado al ojo apresurado de las urbes:

Se ven bien las viejas casas aquí,
se ve cómo descienden las paredes verticales en la tierra

(Raíces, vv. 1-2);

y al mismo tiempo, mientras se detiene a advertir el mundo circundante, nos dona pequeñas revelaciones, como la de las «cosas silenciosas», en las que no solemos reparar, pero que tienen la responsabilidad de apiñar dormitorios, hacerlos lentos y perceptibles, objetos «inhabitables» que «saben solo volar» pero otorgan lentitud al espacio.

Hay cosas silenciosas, sin casa aquí,
cosas que saben solo volar.
Incesantes, inhabitables,
pero filtran lentitud en las casas de todos,
iluminan mil cosas, apilan las habitaciones.

(Hay cosas silenciosas, sin casa aquí, vv. 1-5)

O se nos permite intuir la naturaleza luminosa intrínseca de los objetos, que noblemente contienen su luz para permitir que las sombras nos regalen la perspectiva, el horizonte, las distancias.

Si las cosas pudieran permanecer para siempre en su fulgor,
participar del color que aparece primero en la mañana
[…]
Pero desaparecerían, desaparecerían las sombras,
su nacer y su crecer en el prado,
su lento, armónico paseo
y este cielo despoblado y luminoso
y la visión de las cosas que están cerca
y la visión de las cosas que están lejos bien contenidas en sus bordes
el placer sutil de alargar la vista al horizonte,
la inmensa gloria de las distancias,
la libertad de irse, de separarse del resto.

(Segunda lección sobre el espacio, vv. 1-18)

Y a fuerza de observación, de percepciones hiper físicas – y por lo tanto imaginales – crea una posible lectura del mundo ya olvidado. Una forma de percibir que por momentos pareciera acercarse a ese mundo intermedio situado entre la pura percepción intelectual y el universo perceptible mediante los sentidos, el mundo de la materia inmaterial.

Con su segundo libro, El sol visto de lado, (Ati editore, 2012), del que hemos tomado los poemas traducidos, Manstretta, no sólo exhorta a ensayar una relación distinta con el espacio, sino también a resolver las consecuencias del vivir sin vista, a encarar las batallas que se libran «dentro de la cabeza» en medio de las «ideas que se atropellan sin aspavientos». Nos invita a «ver y copiar la presencia de las cosas, ver y copiar». Una poética que sigue el camino de los maestros retratistas, de creadores y pintores cuyo oficio pasa por la visión, por escrutar con la mirada parámetros físicos como el volumen, la luz, las superficies.

Son creativos los perfiles de las cosas
los veo y copio
cuando dentro de la cabeza hay batallas,
ideas que se atropellan sin aspavientos
los veo y copio,
las cosas merecen el más sentido agradecimiento

(Mira la poltrona amarilla iluminada, vv. 10-15)

En esa construcción de un vínculo distinto con los lugares y los objetos, es preciso orientarse, crearse coordenadas donde ubicar climas, países, árboles, por lo tanto indispensable una cartografía, un situar el paisaje arriba y abajo, al este y al oeste, cartografía que cambia, con la existencia, con la manera de imaginar.

Cuando era una niña el norte eran los Alpes
el sur en cambio eran la Riviera y Bonassola donde iba a la playa.
Así orientarse era muy simple.
El norte llegaba siempre con hielo, frío, montañas altas
y árboles puntiagudos como los de navidad;
el sur llegaba con el mar azul, la playa, el sol
y pinos de cabelleras largas como las sombrillas.
No había ido más allá. E imaginaba
que yendo siempre al norte habría montañas cada vez más altas
y más hielo, y más nieve y tanto frío que el hombre no podía vivir.
No había ido más allá e imaginaba
que yendo siempre al sur hacía cada vez más calor
hasta que todo se secaba, desaparecía el agua y no crecía nada,
allí vivían los reyes magos y los beduinos con sus camellos.

(Cuando era una niña el norte eran los Alpes, vv. 1-14)

Sin embargo el paisaje de Mastretta no es, digamos, emocional. En su libro hallamos evidencias visuales que no son anímicas (el alma es probablemente ciega, dice John Berger). El campo, por ejemplo, y su paisaje de cielo despoblado, es el único lugar donde «la forma de las manos, de las piernas y de los hombros pueden “razonar” por nosotros, como si el pensamiento o el sentir estuvieran supeditados al ver, y es por esto que la gran noticia del día es “la forma de una persona que pasa”». De ahí que los contornos, los perfiles, nos liberen de las batallas a la que la ceguera nos somete.

Así los habitantes de los pueblos esparcidos en el campo
miran atentos a la persona que pasa
y rápidamente reconocen en su forma
la primicia del día.

(No tienen facultad de palabra, vv. 18-21)

Se trata entonces de un paisaje liberador, en la medida en que nos ubica en nuestra exacta dimensión dentro del mundo vivo, ni más ni menos, al lado de las cosas a quienes debemos un «sentido agradecimiento» por recordarnos, no quienes somos sino dónde estamos y cómo es el mundo que habitamos

Y de la misma manera como extrae información del mundo interrogando sus formas y su luz, Manstretta, tratando de traer a la luz el sentido de su poesía, parece interrogarse ¿es que acaso poetizar no es mirar?, ¿no es a través de la paciencia y de la espera que logramos adivinar la respiración de los espacios?, ¿no es en el tiempo dedicado al retozo donde logramos – con el ahinco en la nada, y sin esfuerzo – distinguir los espacios de sombra y de luz, reconocer la manera de ver de los que nos precedieron?, ¿no es, quizás, gracias a las cosas que vuelan, que las formas y los lugares consiguen contenerse, arraigarse?.

Solo un verdadero observante, un fiel observador, que «aún no sepa nada», será capaz de responder estas preguntas, de asistir a eventos visionarios que le harán advertir, por ejemplo, que el nacimiento del cielo se debe al invierno de los árboles, al espacio que las hojas caídas abren para que podamos percibir esa cúpula azul que se mueve sobre nosotros como «protectora armadura»

Y si hubiera nacido ayer y no supiera nada,
pensaría que el cielo nace así,
en las noche de invierno de las plantas
y la mañana ya está en todas partes en lo alto
con su bello azul y sostiene al sol.

(Qué seres aéreos son las plantas, vv. 13-17)

Al final, una lectura atenta del libro sugerirá al lector que el ojo del poeta, capaz de darnos «lecciones sobre el espacio», está regresando de un viaje, iniciado probablemente en el ojo roto de Un perro andalúz, en el ojo replegado al sueño, y regresa como regresa el Cinquecento, con la luz que penetra las ventanas y se refleja en las paredes, esa luz que no es sino «lo humano que se halla en el espacio sideral, el sol visto de lado».

Annalisa Manstretta nació en Stradella, en el Oltrepò Pavese, en 1968. Del 1997 al 2015 fue redactora de la revista «La Mosca di Milano». Ha publicado las plaquetes: Viaggi (Lietocolle Libri, 2000), In questo punto esatto della terra (Fiori di torchio, 2009), Lune autunnali (Il ragazzo innocuo ed., 2009). Su libro La dolce manodopera (Moretti e Vitali, 2006) ganó los premios “Delta Poesia 2006”, “Orta 2006” y “Alfonso Gatto 2007”, otorgados a la “opera prima”. Su segundo libro, Il sole visto di lato (Ati editore, 2012) contiene los poemas traducidos y publicados en esta sección. Su último libro Gli ospiti della stagione fue publicado en 2015 por Ati editore.

Poemas de Annalisa Manstretta

De Il sole visto di lato (El sol visto de lado), Ati editore, 2012

I

Non hanno facoltà di parola
le cose più grandi che stanno qua.
stanno a destra e stanno a sinistra
fino a farci vedere un orizzonte lontano, allungato,
la più sottile delle linee.
le piante, le case, i campanili, le strade,
circondati da questa cornice schiva
stanno in un continuo momento di gloria
senza aureole né santi, senza folle inneggianti.

Di questi spazi grandi è fatta la campagna,
che regalano ad ogni cosa la forza del suo profilo
e ogni foglia, finestra, fiore o pozza
sta lì, sicura nella sua impronta.

È l’unico posto questo dove riesco a sentire
la forma delle mie braccia, delle gambe
e delle mani, dei piedi e della faccia
ragionare per me.
Per questo gli abitanti dei paesi sparsi in campagna
guardano attenti la persona che passa
e al volo riconoscono nella sua forma
la novità della giornata.

No tienen facultad de palabra
las grandes cosas que están aquí.
Están a la derecha y están a la izquierda
hasta mostrarnos un horizonte lejano, alargado,
la más sutil de las líneas.
Las plantas, las casas, los campanarios, las calles,
envueltos en este marco esquivo
están en un continuo movimiento glorioso
sin aureolas ni santos, sin excesivas alabanzas.

De estos espacios grandes está hecho el campo,
ellos regalan a cada cosa la fuerza de su perfil
y cada hoja, ventana, flor o charco
está allí, seguro de su impronta.

Es el único lugar donde logro sentir
que la forma de mis brazos, de las piernas
y de las manos, de los pies y de la cara
razonan por mí.
Así los habitantes de los pueblos esparcidos en el campo
miran atentos a la persona que pasa
y rápidamente reconocen en su forma
la primicia del día.

II

Quando ero una bambina il nord erano le Alpi
invece il sud era la riviera e Bonassola dove andavo al mare.
così orientarsi era semplicissimo.
Il nord veniva sempre con freddo, ghiacci, montagne alte
e alberi a punta come quelli di Natale;
il sud veniva con il mare azzurro, la spiaggia, il sole
e i pini con le chiome larghe come gli ombrelloni.
non ero mai stata oltre. E immaginavo
che andando più a nord ci fossero montagne sempre più alte
e più ghiaccio e più neve e così freddo che l’uomo non può vivere.
non ero mai stata oltre e immaginavo
che andando più a sud ci fosse sempre più caldo
finché tutto si seccava, spariva l’acqua e non cresceva nulla,
lì vivevano i re magi e i beduini coi cammelli.

La prima insidia fu la giungla.
la vedevo in televisione e non sapevo dove metterla,
forse stava su isole, arcipelaghi lussureggianti nell’oceano.
lì vivevano tutti assieme i leoni, le tigri, i pappagalli,
i cobra, i coccodrilli, gli elefanti e le giraffe,
i pesci tropicali, gli squali e i colibrì.
crescendo, poi, scoprii che le montagne più alte del mondo
stanno a sud, in un paese quasi tropicale,
che ci sono posti – non pochi trascurabili villaggi,
ma l’altra metà del mondo –
dove le stagioni vanno alla rovescia.
Infine, più difficile di tutto
fu accettare l’esistenza dell’Antartide,
l’estremo sud del mondo, pieno di ghiacci,
dove vivono i pinguini.

Cuando era una niña el norte eran los Alpes
el sur en cambio eran la Riviera y Bonassola donde iba a la playa.
Así orientarse era muy simple.
El norte llegaba siempre con hielo, frío, montañas altas
y árboles puntiagudos como los de navidad;
el sur llegaba con el mar azul, la playa, el sol
y pinos de cabelleras largas como las sombrillas.
No había ido más allá. E imaginaba
que yendo siempre al norte habría montañas cada vez más altas
y más hielo, y más nieve y tanto frío que el hombre no podía vivir.
No había ido más allá e imaginaba
que yendo siempre al sur hacía cada vez más calor
hasta que todo se secaba, desaparecía el agua y no crecía nada,
allí vivían los reyes magos y los beduinos con sus camellos.

La primera insidia fue la jungla.
La veía en televisión y no sabía dónde ponerla,
quizás se hallaba en unas islas, archipiélagos voluptuosos en el océano.
Allí vivían juntos los leones, los tigres, los loros,
las cobras, los cocodrilos, los elefantes y las jirafas,
los peces tropicales, los tiburones y los colibríes.
Creciendo, después, descubrí que las montañas más altas del mundo
están en el sur, en un país casi tropical,
que hay lugares –no unos pocos pueblos abandonados
sino la otra mitad del mundo-
donde las estaciones van al revés.
Al final, lo más difícil de todo,
fue aceptar la existencia de la Antártida,
el extremo sur del mundo, colmado de hielo,
donde viven los pinguinos.

III

Che esseri aerei sono le piante,
sposate con lo spazio.
crescono senza paura delle grandi distanze del cielo,
di quelle del vuoto sopra di loro.
l’inverno che spoglia i rami,
lo scopre con la chiarezza di un paesaggio nordico
dove ogni cosa sta nel suo contorno senza inganni.
così ai pioppi, alle robinie e perfino ai tigli
un po’ malati del viale sotto casa
a destra e a sinistra spuntano i rami,
ma fra i rami, guarda, spunta il cielo
cresce e si allarga tutto attorno.
E se fossi nata ieri e non sapessi nulla,
penserei che il cielo nasce così,
nelle notti d’inverno dalle piante
e la mattina è già dappertutto in alto
col suo bell’azzurro e regge il sole.

Qué seres aéreos son las plantas,
casadas con el espacio.
Crecen sin temerle a las grandes distancias del cielo,
al vacío sobre ellas.
El invierno que despoja las ramas,
lo descubre con la claridad de un paisaje nórdico
donde cada cosa está en su contorno sin engaños.
Así a los álamos, a las robinias y hasta a los tilos
un poco enfermos de la avenida que baja por la casa
a diestra y siniestra les brotan las ramas,
pero entre las ramas, mira, brota el cielo
crece y se ensancha todo alrededor.
Y si hubiera nacido ayer y no supiera nada,
pensaría que el cielo nace así,
en las noche de invierno de las plantas
y la mañana ya está en todas partes en lo alto
con su bello azul y sostiene al sol.

IV

Guarda la poltrona gialla illuminata
giusta è l’inclinazione del suo schienale
si unisce al bracciolo e scendono
fino al pavimento i profili delle cose.
non si fermano prima, non vanno oltre.

Le linee si danno appuntamento, poi partono a grappolo
ognuna interpreta a suo modo, con suo rischio, il viaggio.
la pentola, il tavolo, il vaso
sono forme del coraggio.

Sono creativi i profili delle cose
guardo loro e copio
quando dentro la testa c’è bagarre,
idee che sgomitano senza tanti complimenti
guardo loro e copio,
le cose meritano i più sentiti ringraziamenti.

Mira la poltrona amarilla iluminada
es perfecta la inclinación del respaldo
se une al brazo y bajan
hasta el suelo los contornos de las cosas.
No se detienen antes, no van más allá.

Las líneas se citan, después se desplazan en grupos
Cada una interpreta a su modo, con su riesgo, el viaje.
La olla, la mesa, el jarrón
son formas del desparpajo

Son creativos los perfiles de las cosas
los veo y copio
cuando dentro de la cabeza hay batallas,
ideas que se atropellan sin aspavientos
los veo y copio,
las cosas merecen el más sentido agradecimiento

V

Seconda lezione sullo spazio

Se le cose potessero restare per sempre in un loro chiarore,
partecipare del colore che per primo compare al mattino
e fino a tardi si distingue nella sera,
se fossero tutte debolmente luminose
non avremmo bisogno del sole,
non avremmo paura della notte;
una vaga vita animale sarebbe dentro le cose quotidiane
sentiremmo le stanze e ogni luogo
pieni di moti indecifrabili, quasi d’affetto.
Ma sparirebbero, sparirebbero le ombre,
il loro nascere, il loro crescere sul prato,
il loro lento, armonico giro
e questo cielo sgombro e luminoso
e il vedere cose vicine
e il vedere cose lontane ben chiuse nei contorni,
la gioia sottile di allungare la vista all’orizzonte,
la grande gloria delle distanze,
la libertà di andarsene, di separarsi dal resto.

Segunda lección sobre el espacio

Si las cosas pudieran permanecer para siempre en su fulgor,
participar del color que aparece primero en la mañana
y hasta tarde en la noche se distingue,
si fueran todas débilmente luminosas
no necesitaríamos el sol,
no tendríamos miedo de la noche;
una vaga vida animal habitaría las cosas cotidianas
sentiríamos los cuartos y cada lugar
llenos de movimientos indescifrables, casi de afecto

Pero desaparecerían, desaparecerían las sombras,
su nacer y su crecer en el prado,
su lento, armónico paseo
y este cielo despoblado y luminoso
y la visión de las cosas que están cerca
y la visión de las cosas que están lejos bien contenidas en sus bordes
el placer sutil de alargar la vista al horizonte,
la inmensa gloria de las distancias,
la libertad de irse, de separarse del resto

VI

Radici

Si vedono bene le vecchie case qui,
si vedono i muri scendere dritti nella terra;
rivedo, cresciuti, i pioppi e le robinie
fermi agli stessi bordi degli stessi fossi.
Più su ci sono le viti,
intere colline di pali immobili, per anni.
È chiaro che in questi posti tutto fa radice e permane.
così appoggio i piedi su questi prati
e guardo le strade sterrate e i ciuffi dell’erba,
un po’ gialla, un po’ verde, alla fine dell’inverno
a lungo li guardo, come fossero la mia radice
e vorrei che bastasse l’intensità dello sguardo
a farmi attecchire.

Raíces

Se ven bien las viejas casas aquí,
se ve cómo descienden las paredes verticales en la tierra;
vuelvo a ver, ya crecidos, los álamos y las robinias
detenidos en los mismos bordes de los mismos fosos.
Más arriba están las vides,
enteras colinas de palos inmóviles, por años.
Está claro que en estos lugares todo echa raíces y permanece.
Así apoyo los pies en estos prados
y miro las calles asfaltadas y los mechones de la hierba,
un poco amarilla, un poco verde, al final del invierno
los miro largamente, como si fueran mi raiz
y quisiera que bastase la intensidad de la mirada
para aferrarme.

VII

Ci sono cose silenziose, senza casa qui,
cose che sanno solo volare.
Inarrestabili, inabitabili,
ma filtrano adagio nelle case di tutti,
illuminano mille cose, affastellano le stanze.

Arriverà poi la notte a coprire tutto
e finalmente accadrà di me
quello che succedeva alle isole sparse nell’Atlantico
all’alba del Cinquecento:
mi riempirò di piante fantastiche,
di animali inesistenti.

Hay cosas silenciosas, sin casa aquí,
cosas que saben solo volar.
Incesantes, inhabitables,
pero filtran lentitud en las casas de todos,
iluminan mil cosas, apilan las habitaciones.

Llegará después la noche a cubrilo todo
y finalmente me ocurrirá también a mí
lo que les sucedía a las islas esparcidas en el Atlántico
en los albores del Cinquecento:
me llenaré de plantas fantásticas,
de animales inexistentes.

VIII

Questo è un Oltrepò di cielo e colline.
tra una collina e l’altra, vallate di aria
vento e coppie di rapaci che passano;
tra una vallata e l’altra,
le creste di queste immobili onde.
Il sole è dappertutto e fa la giornata,
fioriscono assieme le piante da frutto,
su ogni assolato pendio;
girano le ombre tutte assieme
e va con loro una specie di canone ombroso
invertendo da sinistra a destra la corsa del sole
e il vento, che ovunque si muove, calibra le differenze
riempiendo ogni spazio dell’odore di stagione.
Intanto da tutte le parti si è allargato,
salendo dalla pianura: è il cielo di qui,
così grande che fa quasi paura.
Ma non ti viene addosso, è gentile,
forma per te una cupola di azzurro bellissimo, trasparente,
che ti mette al centro dell’attenzione
e quando ti sposti, si sposta con premura
come una chiara, protettrice armatura.

Este es un Oltrepó de cielo y colinas.
Entre una colina y la otra, valles de aire
viento y parejas de rapaces que pasan;
entre un valle y el otro,
las crestas de estas ondas inmóviles.
El sol está por doquier y hace el día,
florecen juntos los árboles frutales,
en cada ladera asoleada;
se mueven las sombras todas juntas
y va con ellas una especie de cañón sombrío
invirtiendo de izquierda a derecha la carrera del sol
y el viento, que por todas partes se mueve, calibra las diferencias
llenando cada espacio del olor de la estación.
Mientras tanto en todos los lugares se ha ensanchado,
subiendo por la llanura: es el cielo de aquí,
tan grande que da miedo.
Pero no te atropella, es gentil,
forma para ti una cúpula de azul bellísimo, transparente,
que te sitúa en el centro de la atención
y cuando te mueves, se mueve con urgencia
como una clara, protectora armadura

IX

Viene la luce di mattina
sul muro chiaro del fienile
e assieme viene l’ombra del fico
che si agita allegra nell’erba lì vicino.
con lei si muovono, sotto la stessa luce,
nello stesso vento, tutte le piante del giardino
che stanno qui da prima della guerra,
le radici piantate in questo punto esatto della terra.

La luce sul muro di casa,
sul cancello dell’orto, nel prato
è l’umano che c’è nello spazio siderale,
è un sole visto di lato.

Le piante – nel buio della terra, cercando acqua e minerali –
oscillano le foglie metà verdi metà argento,
seguono contente ogni minimo vento
dentro il sole di sopra, trasversale.

Viene la luz de la mañana
sobre el muro claro del granero
y con ella viene la sombra de la higuera
que se agita contenta en la hierba que está cerca de allí.
En conjunto se mueven, bajo la misma luz,
en el mismo viento, todas las plantas del jardín
que aquí existen desde antes de la guerra,
las raices plantadas en este punto exacto de la tierra.

La luz en la pared de la casa,
sobre la reja del huerto, en el prado
es lo humano que se halla en el espacio sideral,
es un sol visto de lado.

Las plantas –en la oscuridad de la tierra, buscando agua y minerales –
hacen oscilar a las hojas mitad verde y mitad plata,
siguen alegres cada mínimo viento
adentro el sol que viene desde arriba, transversal

X

La tranquillità classica di una casa
nei pomeriggi di piena primavera
vista da dentro, le stanze in fila
così simili, sorelle, le vedo
nella luce smorzata che amavano i pittori
una luce da ritratti.
tutte le finestre socchiuse a meridione
e l’aria che si accomoda in silenzio.
così imparo che ogni stanza respira con le tende,
con queste grandi foglie bianche, appese a rami sottili.
non te ne accorgi subito.
ci vuole tempo e pazienza.
col tempo noterai una leggera oscillazione
lo spostarsi impercettibile delle loro ombre.
così imparo il ritorno, ad intervalli, delle forme,
che non si spazzano mai via le epoche
e anche se gli sforza stanno appesi ai viali,
qualche volta Leonardo a Milano ritorna.
ci vuole tempo e pazienza
nei pomeriggi di primavera
proprio qui dove il tempo è fatto a freccia,
dove tutto scivola, cambia in fretta.
restano gli intervalli della scuola, le pause pranzo,
e forse se ne accorge qualcuno,
posati cataloghi e schedari,
in qualche ufficio del centro,
dentro appartamenti borghesi di fine secolo
o in qualche aula vuota, gelida d’inverno,
col soffitto a cinque metri, come si faceva nel Ventennio,
che dalle alte finestre semiaperte
arriva un’aria rinascimentale, calibrata,
con la sua ombra-luce
e un fruscio di piante sconosciute.

La tranquilidad clásica de una casa
en las tardes de plena primavera
vista desde adentro, las habitaciones en fila
tan parecidas, hermanas, las veo
bajo la luz tenue que amaban los pintores
una luz de retratos.
Todas las ventanas entreabiertas al mediodía
y el aire que se asienta en silencio.
Así aprendo que cada habitación respira con sus cortinas,
con estas grandes hojas blancas, colgadas de las ramas enjutas.
No te das cuenta en seguida.
Se necesita tiempo y paciencia.
Con el tiempo notarás una ligera oscilación
el movimiento imperceptible de sus sombras.
Así aprendo el regreso, a intervalos, de las formas,
que no se marchan nunca las épocas
y que aunque los Sforza estén colgados en las calles,
a veces Leonardo a Milán retorna.
Se necesita tiempo y paciencia
en las tardes de primavera
sobre todo aquí donde el tiempo es una flecha
donde todo se esfuma, cambia de prisa.
Quedan los recesos de la escuela, la hora del almuerzo,
y quizás alguien se da cuenta
una vez posados catálogos y archivos,
en alguna oficina del centro,
en los apartamentos burgueses de fin de siglo
o en algún aula vacía, gélida de invierno,
con el techo a cinco metros, como se hacía en el fascismo,
que desde las altas ventanas semiabiertas
llega un aire renacentista, calibrado,
con su luz-sombra
y un murmullo de plantas desconocidas

(fasc. 10, 25 agosto 2016)